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Meditar de nuevo

Esta es mi primera columna sobre meditacion y valores. Siempre he querido tener una columna de este estilo y finalmente se concreto el anhelo.

En las sinagogas del mundo los judíos hoy ruegan a Dios por gracia y misericordia. Es la celebración de Rosh Hashaná, el Año Nuevo Judío, cuando se abre el libro de la vida que cierra en Yom Kipur, el Día de la Expiación.

Según la tradición hebrea, Dios está más cerca de nosotros durante estos diez días, por lo que se requiere un comportamiento ejemplar que culmina con un ayuno.

Mientras que muchos judíos encuentran que las plegarias tradicionales son meditativas de por sí, para un reducido grupo de judíos al perdón también se llega por otros caminos: sintiendo el vacío dentro de uno y nuestra imperfección a través de contemplaciones y visualizaciones, incluso repitiendo un mantra para alcanzar un estado de concentración profunda.

Estas prácticas parecieran importadas de las religiones orientales, pero no lo son. Son tradiciones que quedaron enterradas en la literatura rabínica de viejos siglos y que, finalmente, están siendo rescatadas por un movimiento que promueve la meditación judía.

Al incorporar la meditación, eruditos y rabinos de

 distintas denominaciones esperan atraer a un significante número de judíos que se distanciaron del judaísmo. Muchos de ellos acogieron otras creencias como el budismo e hinduismo bajo el argumento de que el judaísmo no tenía nada espiritual que ofrecerles.

Muchas veces los servicios en las sinagogas se perciben fríos y estériles. En ocasiones, los congregantes conversan entre ellos en vez de orar. Pero varias fuentes históricas en el judaísmo citan la meditación como medio para lograr una percepción extrasensorial, enriqueciendo las experiencias del alma.

El monoteísmo nació de una meditación, al contemplar el significado de la vida que Abraham, el patriarca, descubrió a Dios. La meditación, además, fue esencial para los profetas bíblicos que lograban elevados estados de conciencia a través de cánticos y música.

En su libro Meditación Judía, el rabino Aryeh Kaplan explica que hasta el Iluminismo Judío o Haskalá, a finales del siglo XVIII, el intelectualismo y el misticismo tenían igual valor en el judaísmo. Sin embargo, cuando empezó a apreciarse más el aspecto intelectual de la religión, lo místico -- en especial la meditación -- pasó a verse como ocultismo.

Así fue como las referencias a la meditación desaparecieron de la literatura tradicional judía por casi dos siglos. Más adelante, durante el Holocausto fueron asesinados muchos de los líderes espirituales que conocían esas enseñanzas.

Para judíos progresistas es un alivio encontrar la meditación en el judaísmo, porque aún cuando asimilamos otras prácticas y filosofías a nuestras vidas, nunca se apaga esa voz interna que nos regaña por salirnos de ``la verdad'' tal como nos la inculcaron en la niñez.

Claro que la meditación judía no es igual que las meditaciones de otras culturas, aunque por lo general tienen un propósito común que las entrelaza.

Según Kaplan, la palabra más común para meditación en la literatura judía es kavaná, que significa ``concentración'' o ``sentimiento'' o ``devoción''. Si se estudia el origen del término, la traducción más apta es ``concientización dirigida''.

En general, kavaná se utiliza en el contexto de un rezo o una adoración, lo que muestra la fina raya que separa la plegaria de la meditación en el judaísmo. También se asocia con el cumplimiento de rituales y obligaciones, sugiriendo que es un deber para uno concentrarse totalmente en la acción que se está haciendo y borrar el resto de los pensamientos.

De ahí desprendemos que la meditación en el judaísmo significa cultivar cierta dedicación y actitud ante la vida, mientras se cumplen los preceptos divinos o mitzvot legados por los ancestros, que van desde la plegaria hasta el amor al prójimo.

El desafío ahora es traducir esa filosofía al lenguaje y la realidad del siglo XXI, lo cual apenas se está intentando. El otro problema que encara la comunidad judía es que no han faltado grupos que comercializan estos milenarios conceptos con argumentos que seducen fácilmente a quienes no creen en las religiones organizadas.

in duda, meditar, en cualquier tradición, es la mejor manera de reevaluar la dirección de la vida que uno desea, y de proponerse los cambios que sean necesarios para lograrla. Las sensaciones espirituales son muy efímeras porque estamos abrumados por el mundo material, por lo tanto hay que saber conectarse a ellas.

Rosh Hashaná celebra la creación del ser humano. Entonces, ¿qué mejor momento que este cumpleaños de la raza humana para meditar y descubrir, así como lo hizo Abraham, todo lo maravilloso que nos rodea? Es el regalo de nuestro espíritu para el año nuevo.

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