Es difícil escribir sobre el autismo, un tema que muchos consideran tabú. Y es aún más difícil escribir sobre este trastorno del desarrollo cuando quien narra la experiencia es la madre de un niño con autismo. Una amiga de mi niñez nos abre su corazón y comparte su testimonio. Eres valiente, Sandy, te felicito y admiro.
Por Sandy Glass - sandyglass73@hotmail.com
Mi esposo y yo tenemos dos hijos hermosos y dulces: Ella tiene cinco años y Jonah cuatro. Ella es una niña con un “desarrollo típico”, mientras que Jonah es un niño en el “espectro del autismo”.
Este camino por el que nos llevó la vida comenzó cuando Jonah cumplió un año y fuimos al médico. Nos dimos cuenta que no hablaba ni apuntaba y su contacto visual era intermitente. Luego aprendimos que éstas son características de trastornos generalizados del desarrollo.
Mi reacción inicial fue la de llorar sin consuelo. Estaba estremecida sin saber qué hacer, ansiosa y constantemente proyectada en el futuro. ¿Cómo sería nuestro Jonah cuando crezca? ¿Será capaz de relacionarse con su hermana o con sus padres? ¿Irá al colegio? ¿Hará amigos? Afortunadamente, superé muy pronto la inseguridad.
Una esperanzadora mañana desperté con la necesidad de encontrar respuestas. Pero no sabía por dónde comenzar.
Para estar tranquilos, le hicimos un examen de audición, que resultó normal, y una evaluación de lenguaje que descubrió que tenía un leve atraso. Pronto comenzamos terapia de lenguaje y una estimulación disparatada que me fue sugerida. En las mañanas, mientras Ella iba a la escuela, llevaba a Jonah a una gama de actividades. Nada de eso funcionó.
Cuando cumplió 15 meses, fuimos a ver a un neurólogo pediátrico. En nuestra primera cita nos dijo que Jonah tenía un “atraso de lenguaje”, no solamente en el habla, sino también en comunicación expresiva y receptiva. Nos recomendó una patóloga de lenguaje. Gracias a ella, Jonah comenzó un programa de terapia de A.B.A. (Análisis Aplicado del Comportamiento) dos horas diarias, cinco días a la semana, durante 18 meses.
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